Gatos cultos recordados. In Memoriam Carlos Monsiváis

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In memoriam Carlos Monsiváis, nuestro gran Cronista de la Ciudad de México, quien tuvo la sensibilidad y sabiduría de descifrar el universo enigmático de los gatos, seres de tan especial grandeza como él, y que él eligió como su verdadera familia. Por lo cual estableció un lazo mágico de amor con ellos más allá de las limitaciones humanas como el mundo de la literatura, expresado en su otro gran tesoro: sus libros. Los invito a unirse a esta noble lucha por el respeto a la dignidad y calidad de vida de cada uno de los miembros de la familia felina Monsiváis, en honor a su padre de corazón, el “gato mayor Monsiváis”.

¿Qué misterio se esconde detrás de un gato, de su mirada, para algunos de su huraña y caprichosa manera de ser? ¿Por qué Monsiváis llegó a sentir tal fascinación por ellos, que los hizo o lo hicieron, cómo saberlo en realidad, compañeros en la intimidad, cada día, de los largos días de nuestro sin par cronista de la Ciudad? Pero ¿cuál sería la crónica de ese ser tan huidizo y extraño casi como sus propios gatos, un culto entre gatos cultos, que hiciera de su rincón, del espacio privado, que cada quien quiere para sí y para nadie más, un culto hacia los gatos? No una fe por ser revelada, no una disidencia respecto al mundo de los hombres, que tantos sinsabores provoca a quien ciegamente confía pensando que más bien debiera desconfiar de los demás.

Monsiváis, cuando la cuenta de sus días se completó y ya no siguió sumando ni uno más, se desprendió sin quererlo sin que se le preguntara e hiciera todo por negarse a hacerlo, de sus posesiones más queridas, quizá desde antes de morir, sabía que de partir lo haría solo, aunque en su testaruda sensatez creía que esta vez todavía la contaba, pero de haber sido invadido por una mayor certidumbre del porvenir, tal vez de extrañar algo, los extrañaría a ellos, sus gatos, de los que aún en su no sabida agonía pensaba que estarían seguros, sin siquiera imaginar la suerte que les esperaría, pues por más que alguien se hiciera cargo de ellos, no sería lo mismo, él faltaría, porque qué son los gatos cuando caen en manos desafortunadas de quien de haberlo querido hubiera hecho todo lo posible por rechazarlos, no cualquiera quiere a los gatos, mucho menos a cualquiera quieren los gatos, no son una posesión que al morir su poseedor deba desaparecer con él, aun cuando haya quien crea, que sin Monsiváis qué caso tiene conservarlos, y en un “acto de piadosa crueldad” se les aplica el bien morir jamás elegido o se les regala como un grito de ya no son mi responsabilidad, qué alivio a ver quién los quiere, y que se haga cargo de ellos.

Ése deshacerse en definitiva de un gato, tirarlo al olvido, botarlo como un ser desechable, incluso bajo la irracional justificación de que por la culpa de ellos, su benefactor había muerto, como un amor que cuesta la vida, y si bien hay quien en su ignorancia recomienda no tener tanta cercanía hacia los gatos, a partir de esa premisa, cómo se explica entonces que un hombre de astucia y argucias tan portentosas como Monsiváis estuviera al lado de “sus supuestos profetizados asesinos”, qué tanta brillantez no estaría al tanto de riesgos sobre el tenerlos. Es claro que Monsiváis lo sabía, a pesar de tantas falsedades en torno a esta maravillosa especie animal que ha sido estigmatizada injustamente, él seguramente estaba informado y consciente de todo, cuando decidió elegir a su verdadera familia…su familia felina…su familia del corazón…cada uno de sus gatos cultos a quien amaba en toda plenitud, y quienes lo amaban con la misma intensidad, él quería seguir con ellos hasta el final, no como un “suicidio planeado escrupulosamente y a cuentagotas” como alguien que no es capaz de comprender la grandeza felina pudiera haberlo pensado, más bien pensando en que donde hallas la felicidad quisieras estar y no perderla aunque fuera efímera, y si acaso tuviera un alto costo a pagar por ella, Monsiváis sabía que el pacto de amor que unía a la familia Monsiváis felina, él mismo junto con sus sensibles mininos intelectuales y sabios como su progenitor espiritual, bien valía la pena enfrentar, porque su unión existiría para toda la eternidad, más su sensibilidad de escritor no logró detectar la guerra en contra de sus amados felinos que desataría su otra “familia sanguínea”, la humana solamente por apellido, a diferencia de los seres especiales que eran y seguirán siendo el verdadero amor de toda su vida en compañía de sus libros.

Por cierto, hace no mucho, más bien poco tiempo, el cofundador de gatos olvidados, quiso adoptar un nuevo miembro que formara parte de las filas felinas cultas de su hogar, por lo cual adoptó un gatito, pequeño en tiempo vivido más que en pequeñeces de otro tipo, que todavía pudiera reconocer su autoridad, pues el resto de sus gatos a su decir se burlaban de él y ya no lo respetaban, quizá los únicos a los que semejante actitud no les costaría el flagelo de su punzante y demoledora hasta cáustica censura crítica, porque eran igual que él de sarcásticos, hablaban su mismo idioma de crítica profunda, por ello el gran crítico no los criticaría, a tal grado los quería que los aceptaba, o sabía que sus críticas serían inútiles por causa de la naturaleza felina, que él en su expresión literaria compartía con ellos.

En fin, de cualquier modo ese gatito, bautizado como catástrofe, quién sabe si desde antes de tenerlo como el agorero que anuncia sin saber la profecía a cumplirse de un futuro que se sabe cómo será sin que haya llegado ya, como corazonada definitoria del gatito, o quizá lo llamó así por el caos tremebundo que podía producir, él solo, en su casa, una fuerza incontenible de la naturaleza, creadora de desgracias múltiples, desde el robo en despoblado a la comida de los otros gatos, hasta su relampagueante movimiento de un lado a otro que ponía todavía más los pelos de punta de su nuevo dueño, meditabundo sobre si en cada salto y acrobacia de ese gatito calamitoso destruiría algo, pasando del qué bueno que no rompió nada a para qué me adelanto si la próxima sí lo hará. Cualquiera pensaría en deshacerse de tal catástrofe o por lo menos acabar pronto con su efecto destructivo y declararse damnificado redimido, conjurando el mal alejándolo, pero no Monsiváis, pues según algunos confiesan ese gatito le arrancaba una ilusión que pocas cosas podían hacerle sentir, lo miraba en la lejanía como un ser indomable, libre y auténtico, lo cual le transmitía verdaderamente una “catastrófica felicidad” en todo su esplendor.

A veces al estar con alguien detectamos cosas que no nos gustan, y lo condicionamos para seguir con él a que cambie o lo cambiamos, pero el gato ni aunque quisiera darnos gusto, aunque no lo parezca, no podría cambiar su naturaleza, él así es, verdadero, con un enorme potencial para salir adelante a pesar de todos los obstáculos y barreras existenciales, es capaz de traspasar todas las limitaciones humanas para alcanzar sus metas, así como la literatura, que va más allá de la realidad y la ficción. Quizá por ello, Monsiváis descubrió en tan críptica e indescifrable criatura, la verdadera expresión de ser libre sin condiciones, que ni el amor del dueño esclavizaría, porque un gato nace en lo más intimo de su naturaleza y te ofrece su enigmático ronroneo con todo su ser, reflejo, por así decirlo, de una sólida y sana estructura del ser, en una entrega total e intima de amor que solamente seres especiales como los felinos pueden llegar a descifrar el lenguaje oculto de su gran universo…Por eso podría llegarse a entender el inmenso amor que un hombre casi sin emociones desde la percepción lejana, un crítico profundo de su tiempo como Monsiváis, o si quieren obsesión contemplativa por tan especial ser…el gato…el único por definición verdaderamente libre, aunque lo encadenen, libre a pesar de todo, que no se dobla ni cede ante torturas, de ahí sus siete proverbiales vidas, inquebrantable y sobreviviente perfecto bajo cualquier circunstancia, maestro y aleccionador de sus dueños sobre la tolerancia, pues si lo aguanta con la esperanza perdida de antemano de que el gato se porte como ellos quieren, podría tolerar a cualquiera con sus infinitas excusas que explican su modo de ser en todo el prisma de posibilidades de pensamientos, creencias e ideas…por eso es el gato, el mágico felino, peregrino que explora y descubre el sentido oculto de la vida en su aventura cotidiana, aprendizaje vivo de dejar ser a cada quien lo que quiera ser, y quererlo así sin cambiarlo, amando las cosas como son sin hacerlas como quiero que sean para decirse así sí las amaría… gatos catedráticos que nos enseñan el verdadero significado del amor, él cual nuestro querido Cronista de la Ciudad de México experimentó recíprocamente a toda plenitud con cada uno de los gatos cultos de la familia Monsiváis, incluyéndose el mismo , el gato mayor Monsiváis.

Por Rebeca y Moisés Del Pino Peña y Alcalá

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